Roland Barthes y la fotografía como certificado de existencia
Nota

Roland Barthes y la fotografía como certificado de existencia

La cámara lúcida Hay libros sobre fotografía que enseñan a mirar y hay libros que arruinan una certeza. *La cámara lúcida* pertenece al segundo grupo. Barthes no escribe sobre cómo se hacen las fotografías ni sobre qué las vuelve buenas: escribe sobre qué nos pasa cuando una nos alcanza. Y llega a una conclusión incómoda para cualquiera que viva de producir imágenes, yo incluido: lo que hace que una fotografía importe rara vez es lo que el fotógrafo puso ahí. Estas son mis notas después de releerlo.

AutorAdrián Larcamón
Publicado07 oct. 2026
CategoríaNota
Lectura10

Datos

Roland Barthes — Cherbourg, 12 de noviembre de 1915 · París, 26 de marzo de 1980.

Cinco fechas alcanzan para entender el libro:

25 de octubre de 1977Muere Henriette Barthes, su madre, con quien había vivido toda la vida
15 de abril – 3 de junio de 1979Escribe el libro completo en siete semanas
Febrero de 1980Se publica La chambre claire. Note sur la photographie (Cahiers du cinéma / Gallimard / Seuil)
25 de febrero de 1980Lo atropella una camioneta frente a la Sorbona, en la rue des Écoles
26 de marzo de 1980Muere. El libro llevaba pocas semanas en librerías

El libro: dos partes, 48 capítulos breves, unas 130 páginas. Dedicado a Lo imaginario de Sartre. En español: La cámara lúcida. Nota sobre la fotografía, traducción de Joaquim Sala-Sanahuja, Paidós.

No es un tratado. Es una investigación escrita durante un duelo, y el duelo no está de fondo: es el método.


La disertación

La pregunta

Barthes parte de algo modesto: por qué unas pocas fotografías nos persiguen durante años y la enorme mayoría no. No pregunta cómo están hechas. Pregunta qué nos pasa mirándolas. Ese desplazamiento —de la imagen como objeto a la imagen como experiencia— es todo el libro.

Studium y punctum

De toda la obra, esta es la distinción que sobrevivió y se volvió vocabulario común, casi siempre mal usada.

El studium es la relación cultural con la imagen. Ante una fotografía documental de una manifestación puedo reconocer la época por la ropa, ubicar el contexto político, apreciar el encuadre, situar al fotógrafo en una tradición. Todo eso es interés informado. Me permite decir "esta fotografía es muy buena" sin que se haya movido nada por dentro. El studium es amplio, educado y cortés.

El punctum es otra cosa: el detalle que hiere. Barthes toma la palabra latina que significa punto, pinchazo, pequeña herida. Rara vez coincide con lo que el fotógrafo consideró el tema. Puede ser unos zapatos, una mano apoyada donde no corresponde, un chico desenfocado en el fondo, la posición de un cuello. No es el asunto de la foto; es lo que se escapa del asunto.

Y acá está lo que suele perderse cuando se cita la distinción: el punctum no es una propiedad de la imagen. Ocurre entre la fotografía y quien mira. Lo que a mí me destruye de una foto puede ser invisible para otro, no porque no lo vea sino porque no lo toca. Eso implica algo bastante radical para cualquier teoría del autor: el significado de una fotografía no está íntegramente adentro de la fotografía.

Esto ha sido

El núcleo filosófico del libro es más seco y menos citado. Para Barthes, lo que distingue a la fotografía de la pintura o el dibujo no es el realismo sino el certificado de existencia. Un pintor puede representar a alguien que nunca existió. Una fotografía, incluso escenificada o retocada, guarda una relación física con algo que estuvo delante de la cámara. Barthes lo condensa en una fórmula: esto ha sido.

De ahí sale su lectura del tiempo fotográfico, que es donde el libro se pone áspero. Toda fotografía trabaja en tres tiempos a la vez. Algo ocurrió, lo estoy viendo ahora, y ese algo ya no existe o va a dejar de existir. El tercer tiempo contamina a los otros dos. Por eso un retrato de alguien vivo, joven y sano contiene igual una relación con la muerte: no porque anuncie nada, sino porque al congelar un instante lo convierte en pasado. Fotografiar es transformar un presente en pasado permanente.

La paradoja que se deriva es el corazón emocional del libro: la fotografía conserva lo que desapareció y, justamente porque lo conserva, no deja de recordarnos que desapareció. No vence al tiempo. Lo vuelve visible.

La Fotografía del Invernadero

Después de la muerte de su madre, Barthes revisa fotos viejas buscándola. Las encuentra a montones y ninguna se la devuelve. Aparece en todas, pero como aparecen las personas en las fotos: reconocible y ajena.

Hasta que da con una imagen de ella a los cinco años, en el invernadero de una casa, junto a su hermano. Ahí sí la reconoce, no por parecido físico sino porque encuentra algo que considera su esencia y que no está en ninguna de las fotos posteriores.

El gesto decisivo es que Barthes no reproduce esa foto. La describe y explica que para el lector sería una imagen indiferente: una nena de otro siglo en un jardín de invierno. Esa decisión es el argumento. Una fotografía irrelevante para todo el mundo puede ser, para una sola persona, el objeto más importante que existe. Y no hay forma de transferir esa experiencia. El libro reproduce fotos de Nadar, de Avedon, de Mapplethorpe; la única que le importa de verdad se la guarda.

Lo que esto le hace a un fotógrafo

Acá el libro deja de ser cómodo para quien produce imágenes, y es la parte que más me sirve.

Primero: valor formal y valor emocional no son lo mismo. Una fotografía técnicamente impecable —bien expuesta, bien compuesta, bien copiada— puede no producir absolutamente nada. Una foto movida, mal encuadrada, tomada por alguien sin ningún interés fotográfico, puede ser devastadora para quien está en condiciones de recibirla. Barthes no dice que la técnica no importe; dice que no explica la experiencia, que es distinto.

Segundo, y peor: el fotógrafo controla menos de lo que cree. Decide dónde poner la cámara, cuándo disparar, qué deja afuera, con qué luz, a qué distancia. Todo eso define la imagen. Pero no define qué va a producir esa imagen en alguien que la mire dentro de cuarenta años. El esquema habitual —el fotógrafo crea, el espectador recibe— se desarma. Queda otro: algo estuvo delante de la cámara, quedó registrado, y después cada espectador proyecta ahí su propia memoria. El fotógrafo produce condiciones para que aparezcan significados, no los significados.

Para el trabajo documental la consecuencia es concreta. Una foto de guerra empieza siendo evidencia y noticia; con los años pasa a ser memoria familiar, material de archivo, recordatorio de alguien que no volvió. Nunca es una sola cosa, y el momento en que se la mira decide cuál.


Una extrapolación (esto ya no está en el libro)

Lo que sigue no pertenece a La cámara lúcida. Barthes murió en 1980 y no podía formular esta pregunta. Es mi lectura del libro desde hoy, y lo señalo para no atribuirle nada que no escribió.

Todo el edificio de Barthes se apoya en el referente: hubo algo, estuvo ahí, la cámara lo registró. Esa garantía era lo que separaba a la fotografía del resto de las imágenes.

Hoy convivimos con imágenes indistinguibles de fotografías que no tienen referente alguno. Una imagen generada puede tener composición, luz, narrativa; puede incluso herirnos con un detalle inesperado. Puede tener punctum. Lo que no puede tener es el esto ha sido. Como mucho ofrece un esto podría haber sido, y la distancia entre esas dos afirmaciones es exactamente la que a Barthes le parecía la única relevante.

Si veo a una anciana mirando por una ventana y esa mujer nunca existió, la emoción es real pero se apoya en otra cosa: en mi memoria de ancianas reales, no en el testimonio de que esa respiró.

Eso no anula el libro. Lo vuelve útil de otra manera: deja de describir lo que la fotografía es y pasa a describir lo que la fotografía tenía, y que ahora hay que decidir si se quiere conservar. La pregunta ya no es si una imagen es creíble, sino si nos importa que haya ocurrido.


Lo que queda

Barthes no termina encontrando la esencia universal de la fotografía. Termina encontrando que una fotografía puede volverse un lugar donde se cruzan memoria, deseo, pérdida y tiempo, y que ese cruce es imposible de garantizar desde la producción.

Si hay una pregunta que el libro le deja a quien fotografía, no es si la imagen está bien hecha. Es qué va a quedar de ella cuando nada de lo que aparece adentro siga existiendo.


Fuentes

Obra comentada

  • Barthes, Roland. La cámara lúcida. Nota sobre la fotografía. Traducción de Joaquim Sala-Sanahuja. Barcelona: Paidós, col. Biblioteca Roland Barthes. Edición original: La chambre claire. Note sur la photographie. París: Cahiers du cinéma / Gallimard / Seuil, 1980.

Datos de contexto

  • Fechas de redacción (15 de abril – 3 de junio de 1979), publicación (febrero de 1980) y dedicatoria a Lo imaginario de Sartre: entrada "La Chambre claire", Encyclopædia Universalis y Wikipédia (fr).
  • Fechas biográficas (Cherbourg, 12/11/1915 – París, 26/03/1980) y muerte de Henriette Barthes el 25 de octubre de 1977.

Nota sobre las citas

Este texto parafrasea los conceptos del libro en lugar de citarlo. Si vas a citar textualmente, verificá la paginación contra tu propia edición: las de Paidós varían entre 133 y 208 páginas según el año, así que un número de página tomado de otra edición no sirve.

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